Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶
La reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado de ser un fajo de hojas técnicas para convertirse en lo que siempre fue: una declaración de guerra contra el “privilegio de casta”. En el centro del tablero no están las urnas, sino las listas plurinominales, ese cordón umbilical que mantiene conectadas a las élites partidistas con el presupuesto público sin pasar por el engorroso trámite de convencer a un ciudadano en la calle.
La mandataria ha trazado una raya en la arena. “Si no se aprueba, será porque algunos quieren seguir manteniendo sus listas”, soltó con una sequedad que caló hondo. El mensaje es un dardo al corazón de la supervivencia política: en este nuevo juego, quien quiera una curul tendrá que gastar suela, dar la cara y, por primera vez en décadas, arriesgarse a perder.
El "Tucán" enseña las garras
Donde la narrativa de la transformación topa con pared es en la casa de los aliados. El Partido Verde (PVEM), experto en el arte de la supervivencia y la metamorfosis, ha pasado del respaldo automático al sutil sabotaje. No es una resistencia ideológica —nunca la han tenido—, es una resistencia de supervivencia.
Ahí está Luis Armando Melgar, convertido hoy en la voz más rijosa del Senado, adelantando un “no” rotundo porque la reforma, dice, atenta contra la representación. O el recién llegado al nido verde, Jorge Carlos Ramírez Marín, quien con su habitual retórica advierte sobre la “asfixia presupuestaria”. Lo que en realidad defienden es el modelo de negocio: un partido que no sobrevive sin las prerrogativas que hoy Sheinbaum quiere recortar a la mitad.
Incluso los capitanes del Verde juegan al policía bueno y al malo. Mientras Manuel Velasco pide con excesiva diplomacia frenar el fast track y condiciona el apoyo a una “revisión profunda”, en la Cámara de Diputados Carlos Puente marca una distancia gélida, avisando que el respaldo a Morena ya no es un cheque en blanco. Para el Verde, la democracia es aceptable siempre y cuando no les toque el bolsillo ni las cuotas.
El PT: La nostalgia del privilegio
En el Partido del Trabajo, la resistencia es más silenciosa pero igual de férrea. Los cuadros históricos ven en la eliminación de las pluris una amenaza de extinción. Llama la atención el caso de Yeidckol Polevnsky, quien desde su trinchera en el PT lanza críticas que antes, en Morena, hubieran sido impensables.
La dirigencia petista ha sido clara en las mesas de negociación: el recorte del 50% al presupuesto es "inviable". Traducido del lenguaje político al real: no están dispuestos a abandonar la comodidad del financiamiento público masivo para ir a buscar votos con propuestas y no con espectaculares.
La jugada maestra de Sheinbaum
La Presidenta ha colocado a sus aliados en un callejón sin salida. Si la reforma pasa, se anota un triunfo histórico contra la burocracia dorada. Si fracasa, los nombres de Melgar, Velasco, Puente y la plana mayor del PT quedarán grabados como los rostros que frenaron el fin de los privilegios por cuidar su propia supervivencia.
El dilema es crudo: ¿Votarán en congruencia con el movimiento que los mantiene vivos, o se refugiarán en la retórica de la "defensa de la pluralidad" para esconder lo que en realidad defienden: sus curules seguras?
Al final, el debate no gira en torno a fórmulas matemáticas. Se trata de poder. Y en esta etapa de la vida pública, el Verde y el PT tendrán que decidir si son parte del cambio o si prefieren seguir siendo ese lastre que se aferra al presupuesto como náufrago a una tabla, mientras invocan al pueblo que tanto temen enfrentar en las urnas.

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