Por: 𝒢𝒶𝓈𝓉𝒶𝓃𝒹𝑜 𝒯𝒾𝓃𝓉𝒶
Hay momentos en la vida de los movimientos políticos donde el mayor acto de lealtad no consiste en aplaudir, sino en corregir. Morena parece haber llegado justamente a esa estación incómoda de su historia. Después de años de crecimiento vertiginoso, triunfos electorales y expansión territorial inédita, el partido gobernante enfrenta algo mucho más complejo que una elección: enfrenta el desafío de no traicionarse a sí mismo.
Por eso las palabras de Ariadna Montiel no deben leerse como una simple declaración de control interno, sino como el reconocimiento de una realidad que buena parte de la militancia ya percibía desde hace tiempo. Cuando la nueva dirigente habla de “poner orden” y admite que ciertas frivolidades le “enojan mucho”, en realidad está haciendo algo poco común en la política mexicana contemporánea: aceptar que el poder también desgasta moralmente a quienes llegan prometiendo combatirlo.
Y ahí radica quizá el principal mérito de su postura.
Porque habría sido más sencillo refugiarse en el discurso triunfalista, repetir que todo marcha perfectamente y reducir cualquier crítica a una conspiración opositora. Pero Morena ya no es un movimiento marginal peleando por abrirse espacio; es el partido dominante de México, y precisamente por eso está obligado a exigirse más que los demás. La legitimidad popular no exime de la autocrítica; al contrario, la vuelve indispensable.
Montiel parece entenderlo.
Sin renunciar a la defensa política del proyecto obradorista ni ceder ante la narrativa catastrofista de la oposición, la dirigente empieza a marcar una línea necesaria: la transformación no puede convertirse en excusa para tolerar excesos, improvisaciones o personajes que utilizan las siglas de Morena como refugio personal.
Ese equilibrio no es sencillo. Gobernar siempre produce contradicciones. Más aún cuando un partido pasa, en apenas unos años, de la resistencia política a controlar gubernaturas, congresos, alcaldías y la Presidencia de la República. Morena creció tan rápido que inevitablemente abrió la puerta a perfiles muy distintos entre sí: militantes genuinos, operadores pragmáticos, conversos de último minuto y oportunistas profesionales que entendieron dónde soplaba el viento electoral.
Negarlo sería absurdo.
Pero tampoco sería justo ignorar que, pese a esas tensiones, el movimiento mantiene una base social sólida y resultados concretos que explican su permanencia. Los programas sociales convertidos en derechos constitucionales, el incremento salarial, la inversión pública y la reducción de la pobreza son elementos reales que sostienen la narrativa de la Cuarta Transformación más allá de la propaganda partidista.
Ahí es donde Ariadna Montiel parece construir su argumento político: corregir sin dinamitar; reconocer desviaciones sin alimentar el discurso de quienes apuestan al fracaso total del proyecto.
Y quizás esa sea hoy la única ruta sensata para Morena.
Porque una cosa es la crítica legítima y otra muy distinta la caricatura permanente promovida desde ciertos sectores opositores que actúan como si el país estuviera al borde del colapso institucional mientras millones de mexicanos siguen respaldando electoralmente al oficialismo. La realidad mexicana es bastante más compleja que las trincheras digitales.
Sin embargo, tampoco basta con denunciar campañas de la “ultraderecha internacional” para resolver los problemas internos. La ciudadanía ya no sólo exige discursos éticos; exige coherencia. Y cuando aparecen gobernadores cuestionados, legisladores exhibidos por excesos o funcionarios atrapados en escándalos, el costo político termina golpeando directamente la credibilidad del movimiento entero.
Por eso resultó relevante escuchar a Montiel afirmar que no se permitirá la corrupción y que los futuros candidatos serán sometidos a una especie de “prueba del ácido”. La frase tiene implicaciones profundas: Morena sabe que llegó el momento de pasar del movimiento expansivo al partido institucional responsable.
Esa transición suele ser dolorosa.
La izquierda latinoamericana conoce bien el fenómeno. Muchos proyectos progresistas fracasan no necesariamente por ataques externos, sino porque el éxito electoral termina relajando los filtros éticos internos. La cercanía con el poder atrae inevitablemente ambiciones, grupos y personajes cuya prioridad no es transformar al país, sino administrar privilegios.
Ariadna Montiel parece decidida a impedir que eso termine definiendo al partido.
Y aquí vale hacer una precisión importante: respaldar ese intento no significa renunciar a la crítica. Al contrario. Quienes simpatizan con las causas sociales que Morena dice representar deberían ser los primeros interesados en exigir orden, honestidad y congruencia. La complacencia ciega destruye proyectos políticos mucho más rápido que la oposición.
El verdadero reto será comprobar si la dirigencia tendrá margen real para actuar cuando los intereses afectados provengan desde dentro del propio movimiento. Porque combatir adversarios externos siempre resulta más sencillo que enfrentar redes internas de poder, complicidades locales o figuras con peso político acumulado.
Ahí se verá si el discurso se convierte en acción.
Mientras tanto, Ariadna Montiel parece haber entendido algo fundamental: Morena ya no puede comportarse como si siguiera eternamente en campaña. La responsabilidad histórica de un partido dominante consiste precisamente en evitar que el exceso de poder lo vuelva indistinguible de aquello que combatió durante décadas.
Y quizá por eso su mensaje resulta incómodo incluso para algunos sectores internos.
Porque ordenar un movimiento no sólo implica movilizar militantes o fortalecer estructuras territoriales. También implica poner límites, cerrar puertas y recordar que ninguna transformación verdadera sobrevive cuando pierde la capacidad de corregirse a sí misma.
En política, los partidos suelen caer no cuando dejan de ganar elecciones, sino cuando dejan de escuchar las advertencias que nacen desde adentro.
Ariadna Montiel parece haber decidido escuchar antes de que sea demasiado tarde.

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