Por: 饾挗饾挾饾搱饾搲饾挾饾搩饾捁饾憸 饾挴饾捑饾搩饾搲饾挾
Hay momentos en que la pol铆tica deja de insinuar y empieza a hablar con la frialdad de los hechos. Lo ocurrido esta semana entre Washington y M茅xico pertenece a esa categor铆a. La acusaci贸n formal presentada en Nueva York contra Rub茅n Rocha Moya y otros funcionarios sinaloenses no solo agit贸 el tablero dom茅stico; tambi茅n exhibi贸, con una claridad inc贸moda, la forma en que la relaci贸n bilateral puede pasar de la cooperaci贸n diplom谩tica a la administraci贸n extraterritorial de las crisis internas. Rocha solicit贸 licencia temporal de la gubernatura mientras la Fiscal铆a General de la Rep煤blica revisa el expediente estadounidense. Ese es el dato verificable. Todo lo dem谩s —y es mucho— pertenece ya al terreno del significado pol铆tico.
Hace apenas unos d铆as, el debate p煤blico giraba en torno a Chihuahua y a las versiones sobre operaciones de inteligencia estadounidense en territorio mexicano. La discusi贸n parec铆a anclada en una palabra a la que solemos convocar con solemnidad y olvidar en la pr谩ctica: soberan铆a. No se trataba de ret贸rica ceremonial, sino de algo m谩s concreto: la evidencia de que Estados Unidos conserva capacidad de operar, influir y producir efectos dentro del espacio pol铆tico mexicano. El problema, entonces, parec铆a ser la intromisi贸n.
Pero la pol铆tica de las potencias rara vez se agota en una sola escena.
Con Sinaloa, el eje cambi贸 de manera abrupta. El Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo p煤blica una acusaci贸n contra Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios, bajo la tesis de que habr铆an colaborado con el C谩rtel de Sinaloa. La imputaci贸n, presentada por la fiscal铆a del Distrito Sur de Nueva York, lleg贸 en un contexto ya enrarecido y abri贸 una crisis pol铆tica de dimensi贸n nacional. El dato duro es este: Washington dej贸 de aparecer 煤nicamente como actor de inteligencia o socio de seguridad y pas贸 a colocarse como actor judicial con capacidad de intervenir sobre el conflicto pol铆tico mexicano desde fuera de sus fronteras.
Aqu铆 conviene evitar la comodidad de las trincheras ideol贸gicas. Habr谩 quienes sostengan que, si Rocha es culpable, el asunto se reduce a que enfrente la justicia. Habr谩 tambi茅n quienes, por el simple hecho de que la acusaci贸n proviene de Estados Unidos, la descarten como maniobra imperial. Ambas posturas son insuficientes.
Porque ambas omiten una verdad inc贸moda: la corrupci贸n interna y la utilizaci贸n geopol铆tica de esa corrupci贸n no son fen贸menos excluyentes. De hecho, suelen alimentarse mutuamente.
La historia latinoamericana ofrece demasiados antecedentes para fingir sorpresa. Washington rara vez necesita fabricar desde cero a sus adversarios. Le basta, muchas veces, con administrar contradicciones ya existentes. Durante d茅cadas convivi贸 sin sobresaltos con reg铆menes corruptos cuando 茅stos garantizaban estabilidad estrat茅gica. Y cuando cambi贸 la correlaci贸n de intereses, descubri贸 s煤bitamente las virtudes de la transparencia.
Eso es lo que vuelve pol铆ticamente relevante la secuencia Chihuahua-Sinaloa. En el primer episodio, el reflector apuntaba a la penetraci贸n estadounidense. En el segundo, el reflector gira y cae sobre la presunta corrupci贸n de un gobernador de Morena. El desplazamiento narrativo no es menor. Lo que estaba bajo examen dej贸 de ser la intromisi贸n y pas贸 a ser la descomposici贸n interna del poder local.
La iron铆a —si se permite— es impecable: quien hace unos d铆as aparec铆a como factor de presi贸n externa, hoy reaparece investido de una cierta autoridad moral.
Ahora bien, tampoco conviene inflar lo que todav铆a est谩 en proceso. La propia Fiscal铆a General de la Rep煤blica ha se帽alado que, hasta ahora, no cuenta con evidencia suficiente para justificar medidas urgentes y ha pedido m谩s pruebas a Estados Unidos. Ese dato es fundamental. La acusaci贸n tiene, sin duda, enorme densidad pol铆tica; pero el est谩ndar probatorio p煤blico conocido hasta este momento sigue siendo materia de controversia. En una democracia seria, la gravedad de una imputaci贸n no puede reemplazar a la solidez de la prueba.
La pregunta, entonces, no es 煤nicamente si Rocha es culpable o inocente. La pregunta es por qu茅 este expediente aparece ahora, por qu茅 escala con esta velocidad y por qu茅 emerge en un momento en que la relaci贸n bilateral se prepara para nuevas tensiones en seguridad, migraci贸n y la pr贸xima revisi贸n del T-MEC.
Ese calendario importa.
Tambi茅n importa por otra raz贸n: 2027 ya empez贸, aunque todav铆a no aparezca en los calendarios oficiales. En pol铆tica, intervenir en la selecci贸n anticipada de los costos de ciertos actores tambi茅n es una forma de intervenci贸n. No hace falta un desembarco; basta con que determinadas candidaturas se vuelvan m谩s caras, m谩s riesgosas o m谩s vulnerables.
Ah铆 est谩 el verdadero dilema para Morena. Defender la soberan铆a no puede significar cerrar filas por reflejo corporativo. Pero aceptar sin mediaci贸n que el aparato judicial estadounidense se convierta en 谩rbitro externo de la legitimidad pol铆tica mexicana tampoco es una opci贸n inocua.
La salida institucional tendr铆a que ser otra: investigaci贸n interna seria, aut贸noma y verificable. No para complacer a Washington ni para blindar a nadie, sino para afirmar una premisa elemental de Estado: que M茅xico conserva la facultad de investigar, sancionar y depurar sus propias estructuras.
Porque, al final, eso es la soberan铆a en su versi贸n menos rom谩ntica y m谩s exigente.
Lo ocurrido con Rocha Moya no debe leerse como un episodio aislado. Es, m谩s bien, la radiograf铆a de una vulnerabilidad acumulada. Estados Unidos no opera sobre el vac铆o; opera sobre grietas reales. Y cuando esas grietas existen, la defensa nacional empieza mucho antes de los discursos: empieza en la calidad de las candidaturas, en la limpieza de las alianzas y en la fortaleza de las instituciones.
Lo dem谩s —como suele ocurrir en pol铆tica— termina llegando en forma de expediente.

No comments:
Post a Comment